Diciembre tradicional: Comienza el balance

Ya se imaginan. Sí. Balance. Las mejores películas del año, las peores, eso. No sé bien cómo hacerlo, porque este año vi algunas menos que en años anteriores (lo que no implica que haya visto poco; hasta les diría que vi demasiado). Lo que me sucede es que siempre creo que no voy a llegar a las 1o y siempre me paso. Y que después no sé si es una buena cifra o apenas una lúdicra. Ni cómo ordenarlas. Vieron cómo es en El Amante: la primera se lleva 10 puntos, la segunda nueve y así. Bueno, no sé…yo tengo una lista de imprescindibles, de films que volvería a ver -que volví a ver- sin cansarme, de las que me van a acompañar muchos años -y quizás lo que me quede de vida y todo- que no puedo “puntuar”. “Puntuar” es también un acto político, en este caso. Les explico.
Para mí, Historias Extraordinarias es mejor que Leonera. No porque Leonera sea mala, sino porque Historias me provocó -a mí- un placer mayor. Sin embargo, me gusta mucho la película de Trapero: en términos de pura calidad cinematográfica, eso que suelen medir los controles de calidad a la Pablo O. Scholz o Adolfo Martínez, Leonera es un puntito más prolija. O sea, según ese criterio, debería de estar “arriba”. Pero para mí, es también muy importante que alguien haya hecho casi una obra maestra con nada, eludiendo al INCAA de la Industria, evitando todas las trampas de la difusión tradicional y transformándose en un éxito sólo por su calidad cinematográfica. Así que, políticamente, votaré Historias…como 1 y Leonera como 2. En realidad no sé del 2 para abajo qué y cómo votaré: sé que son todas películas que no me disgustaría ver en primer lugar y que tienen -todas- el mismo sentido para mí como cine (vean cómo repito frases como “para mí”: basta de esa imbecilidad de pésimos críticos de que “la crítica es subjetiva”; es una estupidez tan grande como “el cine es imagen”, “Bergman es un genio”, “los dibujitos son para chicos”, “hay que apoyar el cine argentino porque los productores se juegan la casa”, “el western es pura yanquilada”, “la mejor película que vi en mi vida es Cinema Paradiso”). Sí sé que Historias… va a ser la primera y que tiene el plus de la más salvaje independencia.

Después la lista se me complica. Batman-El caballero de la noche es una de esas películas que salen un poco de casualidad, con todos los planetas alineados. Un director que no me gusta, una historia a la que le había perdido la fe. Y, de pronto, un personaje -perfectamente integrado al todo- que transforma una adaptación en cine puro, cruel, seco, caótico. Es un film casi perfecto en todo, que además hace Shakespeare sin hacer Shakespeare. Me explico: vieron que los críticos, en cuanto huelen una tragedia, dicen “wow, esto es schespiriano, bolú”, pensando que dar vueltas de tuerca, ponerse solemne y agregar metáforas vuelve todo Avónico. Nop. Lo bueno de Shakespeare es que quería divertir al público y creía que todos los personajes y los actores eran esenciales para eso. Que lo único que hace que nos importe cualquier novela, obra teatral, película, etcétera, es que creamos y nos importe la persona (falsa, pero persona al fin) que vive ahí durante un rato. No hay otro secreto: si La Guerra de las Galaxias les gusta, es porque Han Solo y Darth Vader son dos gigantescas creaciones. Esta Batman tiene al Guasón, pero también a Harvey Dent, a James Gordon, a Alfred Pennyworth. Y a Bruce Wayne. Y ninguno sobra, y el mundo es un poco -un desgraciadamente mucho- como lo ve y el Guasón de Ledger.

Y después…Shara. El milagro hecho un film que habla de milagros, redenciones, aceptación, resignación, tragedias, amor y alegría. Sin mencionar ninguna de esas palabras y metiéndonos en un mundo pacíficamente, sin eludir ningú dolor ni risa. El que no llora al vier esta demostración de que para conmover sólo se necesita talento, bueno…qué dureza. Hacía mucho que una película que es, repito, una historia dolorosa no me arropaba y me protegía con sus imágenes como Shara. La secuencia inicial, la desaparición del hermanito, es una de las joyas más grandes de la historia del cine. Algo que debería aprender la lista de abyectos imbéciles -por ejemplo, los cómplices de El niño con el pijama a rayas- a la hora de rodar. El pudor es poderoso, la delicadeza también: causan miedo porque nos obligan a pensar por qué no se nos muestra lo que no se nos muestra, y allí caen nuestros más profundos terrores. A la lista.

Y todo lo contrario, La mujer sin cabeza. Obra maestra de la puesta en escena y el control de los elementos cinematográficos, evidentemente metafórica y secretamente terrorífica. Martel hizo una película que lleva espoleta de retardo. Uno sale del cine sin saber bien por qué tal o cual imágen quedó en la memoria. Sabe, se da cuenta, qué es lo que pasó, pero no le asigna importancia inmediata. Va a tomar el bondi y, más o menos cuando dice “un peso”, paf, salta la liebre y uno se da cuenta de que la película le mostró un universo paralelo, o la Argentina como un universo paralelo controlado por demiurgos malignos disfrazados de gente de clase media alta. Quita el aliento.

Bueno, hay más. Sí, Wall-e, sí, Persépolis, ¡Sí, Meteoro! ¡Sí, Tropic Thunder o Iron-Man! Pero después sigo. Ahora vayan tirando ustedes, a ver si coincidimos.

















