Viernes, 5 de Diciembre de 2008

Diciembre tradicional: Comienza el balance

Ya se imaginan. Sí. Balance. Las mejores películas del año, las peores, eso. No sé bien cómo hacerlo, porque este año vi algunas menos que en años anteriores (lo que no implica que haya visto poco; hasta les diría que vi demasiado). Lo que me sucede es que siempre creo que no voy a llegar a las 1o y siempre me paso. Y que después no sé si es una buena cifra o apenas una lúdicra. Ni cómo ordenarlas. Vieron cómo es en El Amante: la primera se lleva 10 puntos, la segunda nueve y así. Bueno, no sé…yo tengo una lista de imprescindibles, de films que volvería a ver -que volví a ver- sin cansarme, de las que me van a acompañar muchos años -y quizás lo que me quede de vida y todo- que no puedo “puntuar”. “Puntuar” es también un acto político, en este caso. Les explico.

Para mí, Historias Extraordinarias es mejor que Leonera. No porque Leonera sea mala, sino porque Historias me provocó -a mí- un placer mayor. Sin embargo, me gusta mucho la película de Trapero: en términos de pura calidad cinematográfica, eso que suelen medir los controles de calidad a la Pablo O. Scholz o Adolfo Martínez, Leonera es un puntito más prolija. O sea, según ese criterio, debería de estar “arriba”. Pero para mí, es también muy importante que alguien haya hecho casi una obra maestra con nada, eludiendo al INCAA de la Industria, evitando todas las trampas de la difusión tradicional y transformándose en un éxito sólo por su calidad cinematográfica. Así que, políticamente, votaré Historias…como 1 y Leonera como 2. En realidad no sé del 2 para abajo qué y cómo votaré: sé que son todas películas que no me disgustaría ver en primer lugar y que tienen -todas- el mismo sentido para mí como cine (vean cómo repito frases como “para mí”: basta de esa imbecilidad de pésimos críticos de que “la crítica es subjetiva”; es una estupidez tan grande como “el cine es imagen”, “Bergman es un genio”, “los dibujitos son para chicos”, “hay que apoyar el cine argentino porque los productores se juegan la casa”, “el western es pura yanquilada”, “la mejor película que vi en mi vida es Cinema Paradiso”). Sí sé que Historias… va a ser la primera y que tiene el plus de la más salvaje independencia.

Después la lista se me complica. Batman-El caballero de la noche es una de esas películas que salen un poco de casualidad, con todos los planetas alineados. Un director que no me gusta, una historia a la que le había perdido la fe. Y, de pronto, un personaje -perfectamente integrado al todo- que transforma una adaptación en cine puro, cruel, seco, caótico. Es un film casi perfecto en todo, que además hace Shakespeare sin hacer Shakespeare. Me explico: vieron que los críticos, en cuanto huelen una tragedia, dicen “wow, esto es schespiriano, bolú”, pensando que dar vueltas de tuerca, ponerse solemne y agregar metáforas vuelve todo Avónico. Nop. Lo bueno de Shakespeare es que quería divertir al público y creía que todos los personajes y los actores eran esenciales para eso. Que lo único que hace que nos importe cualquier novela, obra teatral, película, etcétera, es que creamos y nos importe la persona (falsa, pero persona al fin) que vive ahí durante un rato. No hay otro secreto: si La Guerra de las Galaxias les gusta, es porque Han Solo y Darth Vader son dos gigantescas creaciones. Esta Batman tiene al Guasón, pero también a Harvey Dent, a James Gordon, a Alfred Pennyworth. Y a Bruce Wayne. Y ninguno sobra, y el mundo es un poco -un desgraciadamente mucho- como lo ve y el Guasón de Ledger.

Y después…Shara. El milagro hecho un film que habla de milagros, redenciones, aceptación, resignación, tragedias, amor y alegría. Sin mencionar ninguna de esas palabras y metiéndonos en un mundo pacíficamente, sin eludir ningú dolor ni risa. El que no llora al vier esta demostración de que para conmover sólo se necesita talento, bueno…qué dureza. Hacía mucho que una película que es, repito, una historia dolorosa no me arropaba y me protegía con sus imágenes como Shara. La secuencia inicial, la desaparición del hermanito, es una de las joyas más grandes de la historia del cine. Algo que debería aprender la lista de abyectos imbéciles -por ejemplo, los cómplices de El niño con el pijama a rayas- a la hora de rodar. El pudor es poderoso, la delicadeza también: causan miedo porque nos obligan a pensar por qué no se nos muestra lo que no se nos muestra, y allí caen nuestros más profundos terrores. A la lista.

Y todo lo contrario, La mujer sin cabeza. Obra maestra de la puesta en escena y el control de los elementos cinematográficos, evidentemente metafórica y secretamente terrorífica. Martel hizo una película que lleva espoleta de retardo. Uno sale del cine sin saber bien por qué tal o cual imágen quedó en la memoria. Sabe, se da cuenta, qué es lo que pasó, pero no le asigna importancia inmediata. Va a tomar el bondi y, más o menos cuando dice “un peso”, paf, salta la liebre y uno se da cuenta de que la película le  mostró un universo paralelo, o la Argentina como un universo paralelo controlado por demiurgos malignos disfrazados de gente de clase media alta. Quita el aliento.

Bueno, hay más. Sí, Wall-e, sí, Persépolis, ¡Sí, Meteoro! ¡Sí, Tropic Thunder o Iron-Man! Pero después sigo. Ahora vayan tirando ustedes, a ver si coincidimos.

De aquí a Terra.

Miércoles, 29 de Octubre de 2008

Mostrar y no mostrar

Categoría: Bodrios, Básico, Estrenos, Grandes películas — Tags: , , , , , bigoblog - 2:47 pm

El cine no es sólo el arte de mostrar sino también el arte de no mostrar. Suele decirse, un poco poéticamente, que se trata del arte de saber mirar. Pero más allá de que la formulación sea casi metafórica, es también precisa: de lo que se trata es de que se vea lo que es pertinente, de que el director mire el mundo que plantea y seleccione las imágenes que el espectador debe conocer, así como las que no, las que debe intuir, recomponer a partir de las que se le dan.

En el último post hablé de una estrella pornográfica. Sin embargo, tengo para mí que el cine pornográfico no es exactamente el conjunto de imágenes del coito más o menos gimnásticas, más o menos raras. En esos casos, se trata de una investigación intensiva de aquello que los humanos solemos ocultar por razones un poco extrañas como la moral y las buenas costumbres. Sin embargo, es también -por oculto y al mismo tiempo natural- aquello que más curiosidad nos despierta. Todas las cosas misteriosas nos despiertan curiosidad: el cine es ese arte del misterio. La pornografía sexual no es otra cosa más que un intento fallido de penetrar -disculpen el involuntrio juego de palabras- uno de los misterios más triviales de la existencia: qué hace la gente desnuda en ciertas ocasiones. En el fondo todos lo sabemos y, cuando lo vemos, descubrimos que, a menos que haya algún elemento del contexto que sea extraordinario -en general los cuerpos irreales que realizan las acciones- tienen poco interés y nos devuelven un espejo de la normalidad.

Lo que es completamente irreal es el descuartizamiento, el asesinato, la tortura. Sabemos que existe pero que son excepciones perversas a la regla. ¿Deberíamos verlos para saciar nuestra curiosidad? Depende: si se trata de un documental sobre los abusos en la prisión de Abu Ghraib, por ejemplo, sí, porque las imágenes constituyen un acto acusatorio del que nos volvemos solidarios -siempre y cuando no haya un dedo acusador que nos obligue a pensar a priori en la justicia o injusticia del hecho. El problema son películas como la serie de El juego del miedo, donde no se trata de gente realmente descuartizada sino de la creación de cuerpos-sucedáneos mediante el “todo es posible” de los actuales efectos especiales para saciar la crueldad perversa no del espectador sino del realizador.

Ahí falla la ética: crear un cuerpo para destrozarlo equivale a una omnipotencia cínica que destruye el valor humano. Me explico: los personajes del cine son todos ficticios. Pero al moverse, al existir, conservan o recrean algo de la humanidad de quienes los ven y los siguen. Nuestra empatía -amor o rechazo- hacia ellos tiene que ver conque durante su pequeña vida en la pantalla son personas. Destrozarlos por simple diversión es, ni más ni menos, aniquilar lo humano. Un asesinato real aunque metafórico. Ojo: diferente es la posición de Michael Haneke en Funny Games, que destroza personas diciéndonos todo el tiempo que no debemos creer en ellas, para investigar justamente cómo funciona en nosotros esta cuestión. Aunque lo humano se vuelve perverso, es la perversión en nosotros: el juego es otra cosa que no tiene que ver precisamente con la mostración pornográfica de la destrucción por el dolor.

Por eso rechazo esa clase de películas. Quiero decir: no me molestan las escenas de violencia (aunque, debo admitir, a medida que me hago más viejo me van causando más rechazo, más miedo) sino la idea de destruir por destruir, destruir lo humano como diversión (que no es lo mismo que el “rompan todo” de un Joe Dante).

Por suerte, por cada película de este tipo que nos vomitan cada tanto, aparece la luz que pone las cosas en su lugar. Hoy, además de El juego del miedo V, se estrena Shara, de Naomi Kawase. Un film que habla de la pérdida imposible (la muerte de un niño, de un hijo) y que decide mostrar lo pertinente, esto es cómo los personajes que viven alrededor de esa pérdida lidian con la desgracia. La primera secuencia del film muestra la desaparición: lo que hay es simplemente una cámara siguiendo en subjetiva a dos chicos jugando por la calle. Un pequeño giro de ese plano secuencia y uno de los chicos ya no está. El resto de la película captura los ecos de ese hecho en la vida cotidiana de su madre, su hermano, su padre y algunos vecinos. El resultado es emocionalmente demoledor si sabemos meternos en el film. Y aclaremos: Kawase usa para ello una variante del “todo es posible” de la actual tecnología construyendo con su cámara en mano y sumergiéndonos en la acción, en la vida de los personajes. Lo que quiero decir es que no se trata de un regreso a un estado de inocencia arcaica del cine, sino una aceptación de que mejor tecnología permite mejores imágenes en todo sentido, incluso en el ético.

Si quieren un consejo, les diría que vean ambas películas y las comparen en su intención, su forma y su peso emotivo. Aclaro que, hasta donde sé, Shara va en fílmico y eso es un acontecimiento gigantesco. Es una de las pocas obras maestras del año (se acerca la hora de las listas, amigos) y merece que vaya mucha gente a verla. Además es de enorme belleza plástica. Pero, sin entrar en propagandas, lo que me gustaría es que el ejercicio de ver ambos films incite a una reflexión respecto de qué vemos y que terminamos aceptando cuando el cine de hoy, como el mundo, es tan enorme y rico.

Sí, se viene Mar del Plata. Voy a estar allá y postearé cosas al respecto. Ahora déjenme recordar Shara.

 De aquí a Terra.